El discurso incendiario de Gustavo Petro

José Miguel Alzate Más de este columnista

Foto • Razón Pública


¿Resiste el discurso de Gustavo Petro un análisis como pieza propositiva, inspirada en principios rectores de una comunidad, enfocado en la construcción de una sociedad regida en valores como el respeto a la dignidad humana, dirigido a garantizar la convivencia ciudadana? Mucho me temo que no. En sus intervenciones en plaza pública, Gustavo Petro no mide el alcance de sus palabras. Se desfoga en frases donde campea un lenguaje agresivo, se regodea utilizando expresiones fuera de contexto, se explaya en ofensas contra quienes son sus contrarios, convoca a subvertir el orden con dardos hirientes y juega con el honor de las personas que no son de sus afectos. El discurso que pronunció en contra de los congresistas por el hundimiento de la Reforma Laboral fue una incitación a la violencia.

Gustavo Petro abusa de su capacidad de improvisación y de su innegable dominio de la palabra. Una cualidad que debería utilizarla para construir puentes de entendimiento la aprovecha para calificar a sus detractores como esclavistas, oligarcas sin corazón, gente alimentada por la codicia. Eso no está bien en un primer mandatario. Si algo debe caracterizar el lenguaje de un líder con capacidad de convocatoria es la ecuanimidad y el respeto por el contrario. No le queda bien a un presidente de la República tildar a sus antecesores en el cargo como propiciadores de la violencia o como hombres que se sentían felices viendo correr sangre. En este sentido, el discurso que pronunció en la asamblea del partido Colombia Humana fue una pieza llena de odio y resentimiento.

El presidente debe ser un líder con disposición a la conciliación, que en cada intervención no case peleas inútiles, consciente del peso que tienen sus palabras ante la opinión pública. Diciéndoles a quienes no comparten sus planteamientos políticos que son fascistas, explotadores de los asalariados, vendedores de mentiras y ladrones de cuello blanco está ahondando la polarización y destruyendo las posibilidades de construir un país donde se imponga el diálogo civilizado antes que el enfrentamiento hostil. Gustavo Petro quiere llevar a Colombia por un camino como el que el país recorrió en esas décadas aciagas de la violencia liberal-conservadora, cuando se mataba por defender un color político. Eso de decir que el pueblo sacara a los congresistas de sus curules es un llamado a la violencia.

El discurso incendiario no es el apropiado para un presidente que debe buscar el entendimiento antes que la discordia. Petro dice jugársela por conseguir una paz negociada, pero ante sus miles de seguidores ondea la bandera de la intolerancia, invitándolos a que salgan a las calles a buscar por la fuerza que se aprueben sus reformas sin importar lo que tengan que hacer. Una multitud envalentonada, sin consideración por el otro, a la que le han metido en la cabeza que los mandatarios de antes fueron asesinos sin escrúpulos, como lo pregona Gustavo Petro, es una marejada humana que se puede salir de cauce llevándose muchas vidas. Las reformas sociales que en sus discursos defiende el mandatario se logran buscando consensos, no echándole gasolina al fuego a través del llamado a la protesta.

En su discurso de la Asamblea de la Colombia Humana, Gustavo Petro afirmó que si la derecha regresa al poder “va a bañar a Colombia en sangre”. Y señala que esa derecha no tiene otra forma de control sobre el pueblo “que no sea el miedo y el terror”. ¿Habrase visto? Tenemos un presidente que predice un baño de sangre si la gente no respalda sus ideas. Es Petro quien está sembrando el miedo y el terror con sus palabras apocalípticas. Y es él quien azuza a la gente con un discurso que para sus seguidores tiene una carga emocional enorme, que los motiva a salir a la calle para hacer lo que él les indique. Ahí es donde está el peligro de un presidente con un discurso incendiario. Gustavo Petro puede desatar con sus palabras una tempestad que no sabemos cuándo pueda amainar.

Escuché el discurso que Gustavo Petro pronunció para decirles a sus seguidores que deben salir a la calle a defender sus reformas sociales. Para él, los congresistas que la hundieron traicionaron al pueblo al venderle el alma al rico Epulón. Indicó que la gente debía salir a condenar a “un congreso de sirvientes del gran capital”. Añadió que en Colombia los “alcalduchos pisotean la constitución” y “los amos del dinero” imponen su voluntad. ¿No será él el que la pisotea y quiere imponer su voluntad? Presidente: modere su lenguaje, no siga encendiendo una hoguera con sus palabras ni continúe poniendo a la gente contra las instituciones. Es la tranquilidad de Colombia, perdida ya por la poca acción de su gobierno contra los grupos armados, la que está en juego.

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